"No viene un cambio climático sino que el clima ya ha cambiado"
Pablo Fontana: Ha pasado ya casi un mes desde las graves inundaciones de Valencia, también de Albacete, y las posteriores de Andalucía, aunque las valencianas arrojan un balance particularmente cruel. Tenemos con nosotros al profesor David Rivas, amigo de la emisora y que lleva trabajando en economía y ecología desde hace cuarenta años. Fue, en cierta manera, un pionero. Buenas noches, profesor. ¿Cómo por Madrid?
David M. Rivas: Buenas noches. Encantado de estar de nuevo aquí. Vine porque celebramos la cena anual de los que formamos Conceyu d'Asturies cuando yo era estudiante. Fue una organización muy importante de lo que en Asturias se conoce como Surdimientu, el movimiento de recuperación y dignificación de la cultura asturiana y, particularmente, de la lengua. Éramos el grupo más importante de nuestra particular diáspora. La mayoría sigue viviendo aquí. Y, ya de paso, me quedaré unos días para ver a buenos amigos, viejos compañeros de fatigas. También para ir al teatro y a alguna exposición, y a comer un cocido en La Bola, una costumbre que tengo desde hace bastantes años.
P.F.: ¿Le sorprendió lo que ha sucedido en Valencia?
D.M.R.: Estoy un poco extrañado de por cómo se gestionó la crisis pero no me sosprende lo sucedido.
P.F.: ¿Podría ser más explícito?
D.M.R.. Sí. Dentro de la complejidad hay varias cuestiones muy simples, de fácil comprensión para cualquiera. Las condiciones que provocan lo que antes conocíamos como gota fría y ahora como depresión aislada en niveles altos, una dana, se conocen perfectamente, lo mismo que su evolución. Su intensidad y duración ya es más complicado de prever, pero hai modelos bastante desarrollados y fiables. Una dana como esta es muy difícil de predecir hasta que casi la tenemos encima, hay mucha incertidumbre, lo que impide prever sus efectos con mucha anticipación. Pero hablo de los efectos, no de la probabilidad de que se produzca. Aquí acaba el trabajo de los científicos. Es entonces cuando empieza el de los técnicos, el momento de las alertas, que deben llevar a la toma de decisión de quienes tienen las competencias políticas y administrativas. Es una sucesión lógica: conocimiento-alerta-decisión. En Valencia no fallaron los investigadores, los modelos ni los técnicos, sino los políticos gestores. Hemos olvidado a los clásicos: Francis Bacon decía que a la naturaleza sólo se la domina obedeciéndola. Y aquí no es que la desobedezcan, sino que ni tan siquiera la observan.
P.F.: Todo indica que la gestión fue un despropósito, ejemplarizable en un presidente valenciano desaparecido en una comida de cinco horas.
D.M.R.: Yo supongo lo que hizo Mazón en esas horas. Tengo ya una edad, un cierto conocimiento de la condición humana y conozco Valencia. Creo que todo está muy claro y la responsabilidad es del gobierno valenciano, un gobierno que, en esto del cambio climático, siempre hizo mofa de la ciencia y de los ecologistas. Mire: si en algo es puntera España es en la previsión metereológica. De hecho, el 23 o 24 de octubre, casi una semana antes de la catástrofe, ya se sabía que era posible la formación de una dana fuerte. Y la autoridad competente, el gobierno valenciano, no hizo nada. La prueba de esa negligencia la tenemos en el hecho de que los primeros fallecidos fueron hallados en un cuartel de la guardia civil. Dos agentes y una mujer trataron de salir del garaje en dos vehículos, pero el agua entró en tromba. Un teniente trató de salvar a la mujer, que era su pareja, pero no lo consiguió, y también murió un agente que los acompañaba. El resto de guardias se refugiaron en los pisos altos y no pudieron salir y acceder al garaje. Es decir: ni siquiera la guardia civil recibió información alguna del gobierno de Mazón. Si, como se suele decir, la capacidad de liderazgo se manifiesta en momentos de crisis, la tragedia de Valencia nos muestra en manos de quiénes estamos y lo que podemos esperar en el futuro. Me parece que todo está ya muy discutido y no creo que vaya yo a decir nada que tenga interés. Lo que sí me preocupa es que está creciendo, al menos entre los opinantes de los medios, no hablo de los embusteros profesionales, una idea favorable a la recentralización del estado. Yo creo que el estado de las autonomías es bastante mejorable pero que funciona razonablemente bien, y que el hecho de que un presidente sea un inútil y un incompetente no puede dar motivos para marchar hacia atrás sino, más bien, para ir a una mayor descentralización. En Andalucía funcionó bastante bien el modelo, como en los incendios del año pasado en Castilla y León y ya en aquella tremenda inundación de hace un tiempo en el País Vasco. ¿Qué iba a hacer el gobierno central en esta ocasión?, ¿meter al ejército en Valencia como si fuera una invasión?, ¿declarar el estado de excepción para no tener problemas judiciales como cuando la pandemia? Supongo que habrá responsabilidades a distintos niveles pero es indudable que el gobierno valenciano tiene todas las papeletas. Claro que estas discusiones administrativas no van a consolar a los que perdieron familiares, amigos, vivienda, empresa... Si mi casa está rodeada por el agua y mi familia peligra lo que quiero es que llegue el ejército, la guardia civil, los bomberos o la guardia suiza papal, y no preguntaría por la cadena de mando.
P.F.: Una última pregunta de carácter político: ¿qué le parece lo de poner al frente de la reconstrucción a un general?
D.M.R.: Me parece que Mazón se esconde detrás de un uniforme. Vuelven los generales y eso no es buena cosa, no por los militares concretamente, sino porque desde un gobierno democrático se envía un peligroso mensaje antipolítico. Tendríamos que remontarnos a los años setenta para encontrar un militar con una responsabilidad política tan alta, cuando Gutiérrez Mellado ocupó la vicepresidencia del gobierno de Adolfo Suárez. La incipiente democracia necesitaba a un general franquista para poner en su sitio constitucional a los ejércitos de Franco y hacerlos obedientes al gobierno y no sólo al rey. Aún así, pasó lo que pasó un 23 de febrero. Pero ahora no estamos en esa texitura.
P.F.: El general Gan Pampols exigió libertad de nombramientos y de acción. De hecho, nombró como su segundo a otro militar.
D.M.R.: No dudo de la profesionalidad de Gan Pampols. Parece ser que tiene un historial muy aceptable en sus misiones de reconstrucción en Afganistán. Tampoco soy contrario a que un militar, una vez fuera del mando en tropa, entre en política. Es algo muy normal en países como Israel o Estados Unidos, pero hablamos de tradiciones y de historia muy diferentes a las nuestras. Pero, en fín, un militar puede ser tan bueno en un gobierno o en un parlamento como un economista, un panadero o un ornitólogo. Pero lo preocupante es que los errores de los técnicos o el partidismo de los políticos, incluso su posible corrupción, se pretendan resolver con militares en el gobierno. ¿Por qué no poner generales y coroneles al mando de toda la administración, al frente del estado, con su vértice en el rey, su capitán general? Esa es la justificación perversa de las dictaduras militares. Mazón ha dado razones a sus amigos y aliados de Vox, e incluso a gentes más peligrosas. Y todo para salvar el culo. Y todo con el visto bueno de Núñez Feijoo. Eso me preocupa. Usted es muy joven y tal vez no lo sepa, pero hay una frase muy conocida en su día: "haga como yo, no se meta en política". Es del general Franco, jefe del estado y caudillo de España por la gracia de Dios.
P.F.: ¿Censura ese nombramiento?
D.M.R.: No, no. Puede que sea un acierto y espero que lo sea por el bien de los valencianos. Me limito a hacer una lectura un poco más amplia de la situación. Lo que sí me parece chocante, por decirlo de algún modo, es que en toda la Comunidad de Valencia el Partido Popular no tenga a nadie capaz de asumir esa responsabilidad. El gobierno valenciano, un gobierno que desconfía de los científicos y que practica el negacionismo climático, sólo es capaz de recurrir a un general. Es la vieja receta: "esto sólo lo arregla la ordenanza militar". Y eso es peligroso porque emite la señal de que, ante un problema grave de verdad, sólo podemos contar con el ejército. ¡Pero si la Politécnica de Valencia es de las mejores universidades europeas en estas materias! Yo trabajé con profesores de esa universidad, precisamente en cuestiones relacionadas con el agua y los humedales, y le aseguro que tiene una plantilla sobresaliente. ¿No hay un técnico, del PP o de lo que sea, capaz de ponerse al frente del problema? ¿O es que ninguna persona sensata con formación científica quiso formar parte del gobierno de Mazón?
P.F.: Vamos a lo ambiental. ¿Por qué pasó lo que pasó?
D.M.R.: Yo no soy un experto pero algo sé después de muchos años trabajando con personas que sí lo son. Es imposible asegurar la razón más directa de un fenómeno concreto en un momento concreto. Esta dana no es la primera que azota a los valencianos. Hubo otras, algunas todavía en la memoria reciente. Ya Raimon cantaba a finales de los sesenta aquello de "al meu país la pluja no sap ploure". Lo que sucede es que era otro país, con menos población, sin una urbanización generalizada, con una naturaleza capaz de defenderse. Pero todo apunta a que lo que pasó y va a volver a pasar viene motivado por el cambio climático o, seguramente, por un clima que ya cambió con respecto a como era hace cincuenta años. Esto de las lluvias torrenciales es algo normal en el Mediterráneo, sobre todo en el occidental, entre Italia y España, desde siempre. El mar está caliente al final del verano y, cuando enfría el aire en las alturas, provoca la "gota fría". En otoño, desde septiembre a noviembre, el viento de levante transporta mucha humedad y, cuando choca con las sierras interiores, asciende y lleva aire caliente y húmedo a las capas altas de la atmósfera. Cuanto mayor es la diferencia de temperaturas entre ese aire caliente y el aire frío más repentina y violenta será la gota fría o la dana. El problema es que ahora el mar está mucho más caliente, de forma que estos fenómenos son más frecuentes y brutales. En general, en la cuenca mediterránea subió la temperatura una media de 1,6 grados, cuando en todo el planeta subió 1,1. Ese medio grado puede parecer una pequeña diferencia pero es brutal. En las cumbres de Kioto y de París se puso como límite de no retorno la subida de 1,5 grados. Vamos a los 2 grados o a peor. De hecho, el agua del Mediterráneo a día de hoy está a 2 grados por encima de la media registrada entre 1980 y 2000. ¡Y han pasado sólo dos décadas! Pero, además, la cuenca mediterránea tiene 43 millones de habitantes y, especialmente en España e Italia, con Valencia y Murcia a la cabeza, las zonas inundables y los barrancos fueron desnaturalizados, quitándoles la protección que la propia naturaleza tiene, siendo ahora barrios residenciales, polígonos industriales, hospitales... El agua busca su cauce y si lo encuentra pavimentado corre mucho mejor. Y si, además, alimentamos las causas para que se produzcan estos fenómenos, todo es más catastrófico. Y eso está pasando en todo el mundo: gotas frías en el Báltico y el Norte, granizadas en el desierto de Arabia Saudí, huracanes más frecuentes en el golfo de México, sequías de años en el centro de África... En Asturias, sin ir más lejos, ha dejado de llover constantemente pero con poca intensidad, lo que llamamos orpín y orbayu, para tener lluvias fuertes y esporádicas. Además, como los ríos son muchos, cortos y de cauce estrecho, las inundaciones se están multiplicando. Este año 2024 romperá el techo de los registros de calentamiento que tenemos. Es un nuevo clima, es un fenómeno planetario. Y provocado por la acción humana. Decía hace unos días el astrónomo Rafael Bachiller, con cierto humor negro de película de Spielberg, que puede que estemos ante un mensaje del cambio climático enviado desde el futuro.
P.F.: Eso quiere decir que lo que pasó hace un mes se va a repetir.
D.M.R.: Sin duda. La conocidísima primatóloga Jane Goodall se preguntaba que cómo era posible que la especie con mayor capacidad intelectual esté destruyendo el único hogar que tiene. Es esperable que suframos más danas como esta e incluso más duras. No sabemos cuándo pero no tardará mucho. Volverá una dana a asolar las costas mediterráneas, en España y en Italia particularmente, pero también en zonas que nunca sufrieron estos fenómenos. En España unos tres millones de personas viven en áreas con riesgo de inundación, la mayoría en la Comunidad Valenciana, Murcia y Andalucía, pero también una gran cantidad en Cataluña y, con menor riesgo, en las rías bajas de Galicia, algunos núcleos urbanos de Asturias, Cantabria y el País Vasco, y pueblos de Aragón y Castilla la Mancha. Y, si hablamos del planeta en su conjunto, no hay región que no esté afectada por el cambio climático y casi la mitad de la población, casi 4.000 millones de personas, presenta una alta vulnerabilidad ante el cambio climático. Hace venticinco años, cuando yo presidía Amigos de la Tierra, ya anunciábamos que esto iba a pasar pero, la verdad, creíamos que no llegaría tan pronto. Hasta los apocalípticos ecologistas pensábamos que el colapso climático avanzaba a menor velocidad. Razón tenía Ramón y Cajal al decir que la naturaleza nos es hostil porque no la conocemos y que su crueldad es su venganza contra nuestra indiferencia.
P.F.: Hay un gran debate entre los ecologistas y los ingenieros sobre si lo que se debe hacer es renaturalizar los cauces de los ríos o dedicar todos los esfuerzos técnicos y financieros a realizar nuevas infraestructuras.
D.M.R.: Es un debate lleno de trampas. En principio, digo que en principio, hay que confiar más en las intenciones de los ecologistas porque pocos son los que viven de esto. Los profesionales tienen intereses diferentes, incluso se mueven en ocasiones por razones de corporativismo. Yo participé muy activamente en la oposición al embalse de Riaño. El gobierno de Felipe González planteó la obra como una necesidad para el regadío de Tierra de Campos, con lo que logró un apoyo mayoritario de los castellanos y los leoneses, excepto de los leoneses del norte, que llegaron a plantearse pedir que sus concejos se incorporaran, o reintegraran, a Asturias. Nunca el agua de Riaño llegó a regar nada, como adelantamos los que nos opiníamos a la obra. Todo era una compensación a Iberdrola por el abandono de su central nuclear de Lemóniz tras el asesinato de su ingeniero jefe por parte de ETA, un hombre que se apellidaba Ryan. El embalse de Riaño servía sólamente para regular las cabeceras del Esla y del Porma, de manera que aumentara la capacidad hidroeléctrica de los saltos de Aldeadávila y Ricobayo, propiedad de la empresa. Pues bien, Juan Benet, nacido en un pueblo hoy bajo las aguas de un embalse y autor de una novela estraordinaria como Volverás a Región, polemizó con el catedrático de ecología González Bernáldez, entrañable amigo y maestro genial, defendiendo la obra. La razón estaba en que era ingeniero de caminos y aquella obra lo fascinaba. Todavía hoy, no hay un solo canal de riego que parta de Riaño. Lo más apropiado es renaturalizar las riberas y las antiguas llanuras fluviales. Los pueblos que han puesto escolleras en el río están condenados a sufrir una tragedia, y no sólo en las regiones mediterráneas. Pero, evidentemente, esta solución no siempre es posible. Habría que derribar barrios enteros, polígonos industriales, hospitales, aeropuertos, universidades... Por eso también hay que apostar por nuevas infraestructuras. Por ejemplo, Valencia, la capital, se libró de la inundación por el desvío del cauce del Turia que se hiciera hace bastantes años. No sé cómo respondería el nuevo cauce si viene otra dana aún peor, porque no soy experto. Y también hay ingenieros y arquitectos que son ecologistas, como hay economistas que también lo son.
P.F.: Usted lleva mucho tiempo, siendo economista, lo que es llamativo, estudiando y alertando sobre estas cuestiones. Usted se acerca a los 70 años. ¿Cómo fueron estos últimos años, estas últimas décadas? ¿Qué fue lo que hizo? Presente su curriculum.
D.M.R.: Hice muchas cosas, algunas de cierta importancia y otras muy simples, esas que no se ponen en el currículum. Cumplo 67 años el 4 de diciembre, santa Bárbara, que es, precisamente, una cristianización de la diosa de las tormentas de los celtas. Empecé a preocuparme por el medio ambiente siendo estudiante, pero de bachillerato, allá por 1973 o 1974. Luego me especialicé en estructura económica pero estudié asignaturas mui concretas, que eran optativas, de economía rural, economía regional, economía agraria, economía urbana... Entonces no había una especialización en economía ambiental. Yo fuí uno de los que la iniciaron. Mi tesina fue sobre la evaluación socioeconómica de impactos ambientales y mi tesis doctoral una aproximación a las relaciones sistémicas entre la economía y la ecología. Luego impartí la primer asignatura sobre economía ambiental en mi universidad y más tarde sobre desarrollo sostenible. También participé en la creación de la facultad de ciencias ambientales de la Universidad Autónoma de Madrid, de la que fui profesor. Y fui militante ecologista y presidente de Amigos de la Tierra. Hice muchas más cosas: investigación, libros, artículos, informes para gobiernos... Trabajé a pie de obra en América, sobre todo en Guatemala. Fui miembro del Comité de Parques Nacionales y Espacios Protegidos de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza y también de otras instituciones internacionales, y soy miembro del Club de Roma. Ahora todo eso me suena a historia, pero estoy recopilando textos no publicados o publicados en forma de artículo corto en revistas o periódicos, o, más recientemente, en redes telemáticas para hacer un par de libros. Son esas cosas que tampoco se ponen en el currículum. No creo que tengan mucha importancia teórica pero sí pueden tener cierto interés para ver la evolución del debate económico y ambiental durante estos años o estas décadas. Pueden ayudar a entender el porqué, pese a los indicadores científicos, tanto sociales como naturales, llegamos a esta situación.
P.F.: Pero, visto lo visto, parece que ustedes, los que llevan trabajando en estas cosas desde hace ya casi medio siglo, lo que hicieron fue predicar en el desierto.
D.M.R.: No todo es tan tremendo. Se ha avanzado mucho. Desde los ochenta hasta ahora la toma de conciencia sobre el problema ambiental y climático se ha generalizado. Tanto los ciudadanos como los gobiernos y muy especialmente las instituciones internacionales han cambiado sus percepciones sobre el asunto. Lo que sucede es que en los últimos tiempos, más o menos desde la recesión del 2008, el negacionismo se ha convertido en uno de los argumentos políticos. La involución política que se ha extendido por el mundo ha instalado la opinión paquete, donde todos los problemas tienen su origen en un, por decirlo de alguna manera, aquelarre progresista.
P.F.: ¿Opinión paquete?
D.M.R.: Me refiero a esos opinantes, no sólo en las redes sociales sino también en los medios convencionales, particularmente la televisión, que saben de cualquier tema pero de todos con el mismo sesgo. Es imposible encontrar a alguien que sea contrario al aborto y que, a un tiempo, considere que hai un cambio climático; como dar con otra persona que piense que la inmigración no es un problema y que, a la vez, esté en contra del orgullo gay. Eso es estadísticamente imposible, tiene que haber muchas personas de derechas que piensen que el feminismo es muy importante, por ejemplo. Es algo que ya a mediados de los sesenta definió Richard Hofstadter como la paranoia en política. Y dentro de ese paquete va el negacionismo climático y la aversión al ecologismo y, con ello, a la ciencia. Y, desde hace unos años, este es el punto central, el más importante del discurso reaccionario. El odio hacia el ecologismo es el más potente.
P.F.: ¿Por qué sucede eso? El ecologismo es, posiblemente, el movimiento más importante desde el final de la segunda guerra mundial. Sólo el feminismo se le puede comparar.
D.M.R.: La primer razón es, precisamente, esa. Atacar al ecologismo es una estrategia fundamental, culpando a este movimiento de ser enemigo de los ganaderos, de los trabajadores del automóvil, del turismo, de los agricultores, de los cazadores, de los temporeros agrarios, de los conductores, de los que tienen perros... Hablan de un despotismo ecologista dentro de un globalismo que quiere dominar a las naciones y a los ciudadanos. Le voy a poner un ejemplo. Todo el mundo habrá visto estas últimas semanas el anuncio de una vieja petrolera que cambió su nombre por otro estrambótico pero con un trasfondo ambiental, mientras unos niños acarician a unos dinosaurios. Eso se suele conocer como greenwashing, un blanqueo ambientalista. Posiblemente tenga algo de eso, como sospechan los ecologistas, que, por necesidad y por experiencia, son escépticos. Pero también es cierto que, paralelamente, es fruto del triunfo de los mismos ecologistas, que han logrado crear una conciencia en una ciudadanía que, tomada económicamente como demanda, obliga a las empresas a cambiar, si no del todo, sí en parte. Es un fragmento de buen sentido en el contexto del sentido común general, como decía Gramsci, porque el sentido común será común pero también es contradictorio. Pues resulta que, bajo el modelo político paranoico, esa pequeña muestra de sensatez provoca una reacción que algunos han bautizado como greenblaming, es decir, que todas las crisis, económica, social, institicional... aparecen como frutos de aquel movimiento con mayor respaldo científico y popular, logrando a veces alterar el sentido común, atentando contra el fragmento de buen sentido.
P.F.: Hablaba de otras razones.
D.M.R.: Hay una razón que no puede sorprender a nadie porque es tan vieja como la humanidad: el interés egoísta. Detrás de muchas de estas opiniones y de esta política paranoica están grandes grupos económicos y también algunos gobiernos, que lo hacen para seguir ganando dinero o para desestabilizar las sociedades abiertas, las que ponen pocos límites a la libertad de expresión y de información. Los conspiranoicos son permeables a los bulos que reciben en sus terminales, pero rara vez se preguntan por quién está detrás de lo que reciben y mucho menos por pensar y analizar. En cierto modo es comprensible: los mensajes conspiranoicos son fáciles de entender, mientras que para entender las teorías científicas hay que estudiar. Llegar a la verdad lleva un tiempo que la mentira no necesita. También hay un concepto de la igualdad absurdo: "mi opinión vale lo mismo que la tuya". Y eso no es así. A mí sólo una vez me dijo eso un alumno y lo corté en seco: "no, usted tiene los mismos derechos que yo, hasta puede saber más que yo de baloncesto, pero mi opinión en esta facultad es muy superior a la suya". Lo dijo Asimov hace años, cuando explicaba que en Estados Unidos había un culto a la ignorancia, una oposición a lo intelectual, alimentada por la falsa noción de que la democracia consiste en que mi ignorancia es tan respetable como tu conocimiento. Y mucho antes, en los años treinta, nos lo decía Discépolo con su tango Cambalache: "hoy resulta que es lo mismo/ser derecho que traidor/(...)/lo mismo un burro/que un gran profesor".
P.F.: La desinformación en las redes sociales ha sido constante. Ya pasó también cuando los huracanes de Florida o el terremoto de Japón.
D.M.R.: Internet ya no es la única fuente reproductora de bulos, sino que la epidemia se ha extendido a programas convencionales de radio y, sobre todo, de televisión. Y no hablo sólo de las tertulias de unos cuantos ignorantes opinando de cualquier cosa, hoy de la dana de Valencia y mañana de la política monetaria de la India. Es que han entrado con fuerza en programas de prime time, cuyos conductores mienten a sabiendas y la cadena, teóricamente una empresa seria, no los echa inmediatamente. También pasa con algunos periódicos, pero, en general, la prensa mantiene más sensatez.
P.F.: ¿Y qué podemos hacer?
D,M.R.: Desmontar los bulos en cualquier circunstancia. No limitarnos a no reproducirlos sino denunciarlos y combatirlos. Todos somos potenciales víctimas de la mentira, incluso las personas más racionales y de espíritu crítico. Todos tenemos un hermano, un primo, un cuñado, un vecino que afirma con rotundidad, no que dude, que es otra cosa, que nunca se llegó a la Luna, que lo de Pearl Harbour fue un montaje de Roosevelt, que las vacunas sirven para controlarnos, que los masones gobiernan el mundo o que la catástrofe de Valencia fue un acto de guerra de Marruecos. No es fácil la tarea y menos fácil aún hacerles ver que esas tonterías forman parte de un plan reaccionario, financiado a veces por determinados estados o determinadas empresas. Decía Bertolt Brecht que la victoria de la razón solo puede ser la victoria de los que razonan.
P.F.: ¿Y eso nos lleva a que las decisiones en casos de desastre climático o ambiental sean también un auténtico desastre?
D.M.R.: Sí, porque algunos gobiernos, tanto muy potentes como insignificantes en el mundo, desde el de Estados Unidos hasta el de la Comunidad Valenciana, como hemos visto, entregan las competencias ambientales y de emergencias climáticas a personajes sin formación que se niegan, como estrategia política, a aceptar las evidencias científicas. A mí, desde un punto de vista conceptual, lo más asombroso de lo que vimos en Valencia fue la exposición, en una reunión con empresarios y otros agentes de hace unos meses, de la consejera Nuria Montes, en la que hablaba de la ventaja competitiva que la comunidad tenía por el cambio climático, ya que provocaba buen tiempo durante casi todo el año. A parte de que eso, precisamente en el Mediterráneo occidental, es una irresponsabilidad, demuestra que estamos gobernados por ignorantes. Ahora bien, algo de responsabilidad tienen los ciudadanos. Víctor Hugo decía que entre un gobierno que lo hace mal y un pueblo que lo consiente, hay una cierta complicidad. Los valencianos votaron a negacionistas y militantes antiambientales, políticos que desprecian la ciencia y el conocimiento. Los datos de turismo son irrefutables: el aumento de las temperaturas desvía a los turistas hacia zonas más templadas. Y, ahora, con el pánico que se puede extender, veremos quién va ir tranquilamente en otoño a esos lugares. De hecho, ya tenemos algún dato: en la Comunidad Valenciana la ocupación hotelera se ha desplomado en un 40 por ciento, incluso en zonas muy alejadas de las zonas de la catástrofe. La facturación cae en un 75 por ciento, aunque esa caída se ha compensado un tanto por las presencia de los efectivos de emergencia. Claro que puede salir la consejera hablando de lo bueno que es para la renta valenciana que necesite miles de personas durante meses en obras de recuperación. Ya hubo una ministra del gobierno de España que habló de lo positivo de la erupción del volcán de La Palma porque había un importante turismo volcánico, como un alcalde asturiano decía que el cambio climático iba a provocar atracción de turistas, con mejor tiempo durante más meses y temperatura más suave que en el sur y el este de la península. Las pérdidas van a ser impresionantes. El Banco de España, en una primera aproximación, seguramente optimista, calcula un impacto financiero de 20.000 millones de euros.
P.F.: Hay estudios sobre el impacto en la renta nacional del cambio climático.
D.M.R.: Sí, y no es cosa de anteayer. Ya en los finales de los sesenta y principios de los setenta hay estudios y modelos que trataban de interpretar estos problemas. Entonces los métodos estaban en pañales, los mayores ordenadores de las grandes potencias eran menos capaces que un portátil de hoy, incluso que algún teléfono. Samuelson, un keynesiano, ya nos hablaba de un indicador que denominaba índice de malestar neto, con el que trataba de relativizar los cálculos del producto interior bruto. También Myrdal, un institucionalista, nos hablaba del desarrollo del subdesarrollo, mientras que los estructuralistas introducían cuestiones ambientales en su modelo de la dependencia y en su teoría de centro-periferia. Son los años en los que yo inicié mis estudios en economía, análisis que nos llegaron unos años después porque en la España de Franco todo iba con algo de retraso. El PIB suma toda la generación de renta pero nunca resta las pérdidas inherentes al crecimiento. Volviendo a Valencia, hace unos años consideraron muy caro intervenir en el barranco de El Poyo para evitar inundaciones y desbordamientos. El coste era de unos doscientos millones de euros. Ese barranco fue el embudo principal que provocó el desastre. Los costes ahora van ser de decenas de miles de millones. Es más, la dana le va a dar el tiro de gracia a la industria automovilística valenciana, ya muy dañada hace unos meses por las políticas restrictivas de Ford.
P.F.: ¿Cuánto podría caer el PIB en los próximos meses?
D.M.R.: De mano, cabe decir que el coste de las catástrofes naturales en España se multiplicaron por más de 2 entre 2022 y 2023, y que en 2023 costaron la vida a 37 personas, por olas de calor, inundaciones, temporales e incendios, dejando pérdidas económicas por valor de unos 5.000 millones de euros. Lo de Valencia va a superar todos los registros, empezando por el número de muertos. Hay estudios que nos hablan de que la catástrofe restará dos décimas de PIB español en este cuarto trimestre, pero no lo sé. Conozco la metodología pero aquilatar las previsiones requiere instrumentos que yo no tengo. Lo digo siempre, yo me manejo con el porcentaje, la regla de tres y, como mucho, con la ecuación de segundo grado. Por cierto, en la mayor parte de las ocasiones estos métodos son más que suficientes. Luego ya entro en inferencia estadística y alguna cosa más. Pero sí que hay un índice sintético que es bastante fiable, el índice Stern. Proviene del estudio que Nicholas Stern realizó en 2006 para el gobierno británico sobre el impacto económico del cambio climático. Son setecientas páginas firmadas, por vez primera, por un economista y no por un climatólogo. Concluye Stern que será necesaria una inversión del 2 por ciento del PIB mundial para mitigar el impacto del cambio climático. Pero también afirma que, de no hacerse así y ya, nos expondremos a una pérdida del 5 por ciento del PIB cada año, pudiendo llegarse a una pérdida del 20 por ciento. Son cifras de la depresión de 1929 y de la segunda guerra mundial, pero, en nuestro caso, permanente, no coyuntural.
P.F.: Mi mujer fue alumna suya y siempre recuerda una frase que usted repetía: "estructura es lo que dura, lo demás es coyuntura".
D.M.R.: ¡Jajaja...! Es un viejo chascarrillo de los profesores de estructura de los setenta, de mis maestros. Pero no es una tontería. La ciencia económica, la que trata de interpretar sin corsés y trata de intervenir sin prejuicios es metodológicamente estructural. Así eran los mercantilistas, los fisiócratas, los clásicos, los marxistas, los anarquistas, los institucionalistas, los estructuralistas... No menosprecio los análisis y las políticas coyunturales, por supuesto. Son necesarios. Keynes, por ejemplo, era un coyunturalista, se burlaba del largo plazo, pero fundamentó una verdadera revolución, la de la socialdemocracia. Pero yo pienso de otra manera. Si no pensara a largo plazo nunca me hubiera dedicado al desarrollo económico y mucho menos hubiera militado en el ecologismo.
P.F.: Siguiendo con la coyuntura, ayer finalizó la Cumbre del Clima de la ONU, una conferencia que se celebró en un convulso contexto geopolítico.
D.M.R.: Es cierto. El escenario es de los peores, con una guerra en el corazón de Europa y la tragedia recurrente del cercano oriente. Pero, sobre todo, pesó sobre esta vigésimo novena cumbre la elección de Trump, que conlleva el riesgo de que vuelva a sacar a Estados Unidos del Acuerdo de París, como ya hizo en su anterior primer mandato. Ya, para empezar, lo de celebrar la conferencia e Bakú, capital de Arzeibayán, un pais petrolero y con un sistema político de más que dudosa calidad democrática, sonaba mal desde el principio. La presidencia de una cumbre es fundamental para el desarrollo de las negociaciones y estaba claro que el gobierno de Azerbaiyán y su empresa pública de petróleo, Socar, iban a presionar para salvar su negocio. Eso explica que el acuerdo no incluya un apartado concreto sobre la eliminación de los combustibles fósiles.
P.F.: Ya la cumbre anterior fue polémica por haberse celebrado en Dubái, en los Emiratos Árabes Unidos.
D.M.R.: Es cierto. En los últimos años los organismos internacionales se están luciendo, desde estas cumbres del clima hasta el mundial de fútbol. Cualquier día veremos a Bielorrusia o a Corea del Norte como anfitrionas de una convención sobre derechos humanos. Pero, pese a ello, la conferencia de Dubái se cerró con una crítica explícita a los combustibles fósiles por su impacto sobre el clima, declaración que nunca se había hecho en tres décadas.
P.F.: Esta cumbre iba a ser la cumbre de la financiación y se ha llegado a que los países desarrollados aporten 300.000 millones de dólares anuales a partir de 2035. ¿Es suficiente, es una cifra adecuada?
D.M.R.: Ese acuerdo de financiación, que pretende dotar a los países pobres, los menos responsables del calentamiento global, de recursos para afrontar el cambio climático y hacer una transición energética, salió adelante en el último minuto del tiempo añadido del partido. Parece evidente que el acuerdo está por debajo de las necesidades de los países más vulnerables, tanto económica como ambientalmente. Se trata de un acuerdo de mínimos con mucha indefinición y, en cierto modo, siguiendo el guión de anteriores citas, que fueron un fracaso, si hablamos en serio. La nueva financiación arroja una cifra menor a la esperada y con un marco de regulación que está por concretar. Mary Robinson, la que fuera presidenta de Irlanda, comentaba hace un par de días que no recordaba unas negociaciones tan difíciles como las habidas en esta cumbre, para añadir que el compromiso de los países ricos se quedaba corto y que no iba a ser suficiente para apoyar a los países que no han causado el cambio climático y que más están sufriendo los efectos. Sobre esto me llamó la atención una frase de Carlos Fresneda, corresponsal del diario El Mundo en la cumbre: "los países desarrollados siguen jugando con las vidas de la gente que está en primera línea de fuego".
P.F.: Un nuevo fracaso.
D.M.R.: Sí, para mí sí es un fracaso, pero nada sosrprendente: llevamos así, como poco, desde la cumbre de Copenhague, si no de más atrás. No obstante, atendiendo al contexto político y económico de estos momentos, podemos ver algo positivo. Me voy a remitir a lo dicho por Antonio Guterres, secretario general de la ONU, que como buen hijo de un pueblo de campesinos y navegantes es, a un tiempo, pragmático y optimista. Decía ayer que había esperado un resultado más ambicioso, pero que este proporciona una base sobre la que construir. Y es realista esta percepción por un par de cuestiones. Esos casi 300.000 millones de euros son el triple de lo pactado hasta ahora, cosa digna de considerar. Por otra parte, en un mundo donde se está imponiendo la ley del más fuerte y la bilateralidad en las relaciones internacionales, pese a la escasa ambición de la cumbre del clima, no deja de lanzar un mensaje de multilateralismo, un mensaje de resistencia en medio de crecientes amenazas. Las conferencias ambientales, al estilo de Astérix y sus amigos, son la aldea multilateral que resiste todavía.
P.F.: Muchas gracias, profesor Rivas, por su análisis y, especialmente, porque, quizás también como la aldea gala, usted sigue.
D.M.R.: Gracias por invitarme. Sobre lo otro, lo cierto es que, con la edad que tengo, no voy a cambiar de posición. Igual es por mera comodidad.
P.F.: Buenas noches.
